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Marcos De Veneración, Los Retablos Virreinales De Chihuahua

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MARCOS DE VENERACIÓN, LOS RETABLOS VIRREINALES DE CHIHUAHUA

Éste es un libro inédito, que gracias al Programa Editorial Chihuahua del Gobierno del Estado, hoy tenemos en nuestras manos. La idea, si mal no recuerdo, nació después de una expedición que realizaron, en noviembre de 2005, Libertad Villarreal (Protego),  Ariadne Lozano (Difusión del Patrimonio Cultural de Ichicult) e investigadores de la Universidad Politécnica de Valencia.[1] Todos ellos se aventuraron a los sitios más recónditos del Estado, para fotografiar algunas misiones. De esta aventura, verdadera odisea, según cuenta Libertad, quedó además suficiente material, para redactar un buen anecdotario de todas sus peripecias.

Luego, el conocido rigor científico y la pasión por el arte novohispano de Clara Bargellini (UNAM), ha dado forma, profundidad y contenido a esta idea, avanzando la historiografía del arte virreinal en el septentrión de la Nueva España. El libro presenta treinta y tres retablos chihuahuenses, clasificándolos en: retablos salomónicos, de perspectiva, estípites, anástilos, neóstilos y neoclásicos.

Gisela Franco, Gastón Fourzán, Clara Bargellini y Paulo Medina en la presentación del libro MARCOS DE VENERACIÓN, LOS RETABLOS VIRREINALES DE CHIHUAHUA El retablo es, dentro la liturgia y el arte religioso de la Iglesia católica, un elemento de sumo valor, porque está íntimamente ligado a la Eucaristía, sacramento central de Cristo y de su Iglesia[2]. En el capítulo dedicado a La Iconología y Significación de los Retablos (Guía de Los Retablos de la Ciudad de México. Siglos XVI al XX, 2005), el doctor Jaime Morera (UNAM) nos advierte que,  ya desde tiempos antiguos, los creyentes sintieron la necesidad de acercar las imágenes a la mesa del altar y al Sagrario, que guarda las hostias consagradas en las cuales se haya presente Cristo. Así, continúa el doctor Morera, “la exposición de imágenes tiene en el retablo un medio privilegiado ya que, por su posición junto al altar, resulta un estrado especialmente importante.” Y más adelante señala: “las figuras en sí mismas no deben ser consideradas un adorno; son objetos devocionales y apoyos visuales al mundo interno del cristiano devoto que le ayudan en sus oraciones, le facilitan el entendimiento de los misterios divinos y lo invitan a imitar las virtudes de los santos y santas representados”.

Comprendemos,  así, que el retablo, más allá de ser una obra artística inmóvil es una mediación palpable de la comunidad creyente, la cual expresa su fe y religiosidad, en medio de los avatares de su historia propia, con avances y retrocesos, madurando lentamente con el paso del tiempo. Es así la situación, que los retablos son partícipes de esta historia de las comunidades cristianas y, por ello,  quedan marcas y signos de su devenir. Los retablos son por esto una manifestación privilegiada de la historia de la espiritualidad. “Marcos de Veneración: los retablos virreinales de Chihuahua” nos deja constancia de ello, por ejemplo, en el remate del retablo de la sacristía de santo Tomás en Guerrero, Chihuahua (p. 68), encontramos enmarcada la figura del papa Juan Pablo II, entre los santos Estanislao  de Kostka y Luis Gonzaga;  puesta en la parte central del remate, como presagiando la futura beatificación del Papa viajero, ya que la foto es anterior a su beatificación, acaecida en este año 2011.  Escudriñando el libro podremos sacar otros ejemplos por nuestra cuenta.

Con lo dicho anteriormente, vemos que el programa original de un retablo es fácil de alterar, por lo que, en algunos casos, se hace imposible ya su lectura por falta de coherencia iconográfica. Uno de los valores de este libro es el rescate, hasta donde es posible, de esas lecturas perdidas con el tiempo y, que gracias al estudio iconológico, Clara rescata. Una muestra de ello, el Retablo de la Virgen de la Luz del templo de San Francisco, aquí en la Cd. de Chihuahua (p. 93).  Proveniente de la destruida Iglesia antigua de la Virgen de Loreto de los jesuitas,  el retablo estaba dedicado originalmente a exaltar el sacrificio de Jesús en la cruz. Sin embargo,  el Crucificado y la Virgen de los Dolores ya no están, han desaparecido, sólo queda el fondo dorado que enmarcaba el crucifijo y en el lugar de la Dolorosa, ahora preside la imagen de la Virgen de la Luz. Además, vemos, en la fotografía, que los Apóstoles Santiago y Pedro, fueron cambiados de posición, dentro del esquema original, porque ambos Santos se dirigen hacia fuera del retablo, san Pedro, con su mirada, y Santiago, con su caminar. Lo que creo que ignora Clara es que, al día de hoy,  los Santos han “caminado” más: san Pedro bajó al lugar de san Juan, éste subió al lugar que antes tenía Santiago Apóstol, y éste, finalmente, retomó su lugar original. ¡Una muestra de lo “vivos” que están los santos!

Hablemos ahora de aquellos retablos que no han perdido su secuencia y coherencia iconográfica, por ejemplo, el Retablo de Jesús Nazareno, de la segunda mitad del s. XVIII, en el crucero del Evangelio, en el mismo templo de San Francisco (p. 119). Clara distingue como notable su síntesis narrativa. De frente al retablo, nuestra mirada comienza,  en un primer momento, con la escultura del Nazareno, y siguiendo la calle central del retablo, a medio camino, encontramos el Divino Rostro, que nos recuerda el encuentro de Jesús, camino al Calvario, con la Verónica que enjugó su rostro. Por último, en la parte superior, contemplamos la imagen de la crucifixión, como culminación de la vía dolorosa, a cuyos lados flanquean los cuadros  ovalados de María y Juan, fieles hasta la cruz. En una lectura más atenta, integramos inmediatamente los cuatro cuadros que rodean al Nazareno, de izquierda a derecha, comenzando por la parte inferior: “Jesús en el huerto, Jesús condenado por el sumo sacerdote quien rasga sus vestiduras; […] Jesús coronado por espinas y atormentado por los sayones, Jesús cae en el camino al Calvario y Verónica, arrodillada, muestra su velo con la impresión del rostro de Cristo.”

Una gran responsabilidad recae en los pastores de la Iglesia, en cuanto al uso y conservación de los retablos, sin embargo, el problema del patrimonio religioso va más allá del fuero eclesiástico, también recae en la comunidad parroquial y en la sociedad de forma más general. Es de llamar la atención el número de veces que Clara habla de restauraciones entrecomilladamente, para hacer notar que no fue una verdadera y propia restauración la realizada sobre tal o cual obra de arte o sobre la estructura de algún retablo. Ejemplos de buenas y malas intervenciones los advertimos en el libro que hoy comentamos. Y éste es precisamente otro de los valores de él: dar una difusión al público en general, más allá de los lectores especializados.

San José del Retablo de Batopilillas (Uruachi) Los temas sobre el patrimonio cada vez son más comunes entre nosotros, gracias a los esfuerzos, que más coordinadamente se realizan entre las distintas instituciones abocadas a ello. Se han salvado retablos como el Retablo Mayor de la Virgen del Refugio de Yepachi (2006-2008; p. 143).  Por las fotografías de este libro percibimos inmediatamente la urgencia en que están muchos otros retablos y piezas de arte religioso, como el Retablo Mayor de San José de Batopilillas del municipio de Uruachi (p. 111 y portada del libro). Un retablo de belleza notable, que tal parece no ha sufrido pseudo-restauraciones. Todo el conjunto del retablo nos hace patente el esplendor del que todavía goza, el esplendor propio del barroco, tan próximo a la sensibilidad popular.

El pueblo en sí puede ser un gran aliado en la defensa del patrimonio y no debemos menospreciar su capacidad para involucrarse en este tipo de procesos de conservación del patrimonio. Recordemos que fue el mismo pueblo quien jugó un papel importantísimo en el reconocimiento del papel que tenían las imágenes como vehículos de evangelización en épocas iconoclastas. Johannes Molanus, teólogo contrarreformista de la Universidad de Lovaina, en De Pictures et imaginibus sacris liber unnus, comenta: “… porque el pueblo no es tan rudo como para no captar el sentido metafórico y traslaticio; capta muchas de esas figuras, aunque ningún doctor le explique su significación” (Cap. XV).

Como conclusión,  deseo atender a aquellos retablos o partes de retablos que existieron, y hoy no  están más con nosotros, a no ser con viejas fotografías que se custodian como tesoros en algunos archivos o se hallan publicadas, como es el caso de este libro. Por ejemplo, el Retablo Mayor de San Juan Bautista en Nombre de Dios (p. 75), del cual lo único que queda son dos piezas: una Trinidad antropomorfa, que estaba en el remate del retablo, y una pequeña escultura de san Cristóbal, de época más reciente. ¿Cómo y por qué desapareció este retablo?  Sigue siendo un tema a investigar. Por último, transcribo una parte del texto dedicado al Retablo Mayor de Nicolás Morín de la Catedral de Chihuahua (p. 127), donde Clara, basada en fotografías antiguas, describe el remate, hoy desaparecido: “Al centro tenía un nicho que albergaba un crucifijo. Sobre la cornisa estaban tres esculturas: a los lados, las personificaciones de las virtudes de la Esperanza y la Caridad y, en la cúspide, la Fe. Cornucopias llenas de frutas y flores adornaban la cornisa entre las figuras. En su conjunto, el retablo recordaba las principales devociones asociadas a la fundación e historia de la Villa de Chihuahua. El remate insistía en las tres virtudes teologales, que se asociaban por medio de las cornucopias al bienestar espiritual y material”

Este mensaje es profundo y mira la realidad en su integridad, virtudes profundamente espirituales asociadas al bien material. ¿El estado deplorable de muchas de estas obras no refleja la pérdida de valores espirituales en todos y en cada uno de nosotros? ¿Hemos relegado el arte como forma privilegiada de evangelización a las salas de los museos o,  peor aún, a las sacristías? Recientemente entrevistado el P. Pfeiffer, sacerdote jesuita, historiador del arte y profesor emérito de la Universidad Gregoriana, en su última visita a Chihuahua, hablando del valor evangelizador del arte decía: “La evangelización es dada por la Palabra de Dios, cuando la Palabra es comprendida, el hombre la lleva a  su mente, la hace imagen dentro de sí, es por eso que el arte ayuda a la nueva evangelización, todo lo que los grandes talentos expresan en sus obras son imágenes de la Palabra, si no se comprende la Palabra tampoco se podrá comprender la imagen expresada del artista, como lo son sus pinturas, la música, la escultura u otra obra de arte, en ellas nos damos cuenta de la presencia silenciosa de Dios, por esto el arte contribuye a una mejor evangelización, a que el mensaje penetre hasta el corazón del hombre.

Dios es el mayor de los artistas al crear el mundo, algo que el artista comprende más profundamente al ser creador de sus obras.

Cristo con su gran genialidad nos deja su más grande obra: la Eucaristía, en la que nos expresa el infinito amor de Dios por sus hijos”.

 

Paulo Medina


[1] Juan Cayetano Valcárcel, Julia Osca y María Victoria Vivanco.

[2] “En efecto, la Liturgia, por cuyo medio “se ejerce la obra de nuestra Redención”, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia.” (SC 2).